17 mayo 2026

Y así llegué a más de la mitad de mi vida…

Según proyecciones poblacionales y otras hierbas epidemiológicas aplicadas a mi entorno regional.

Sí, 42. Y hace apenas un parpadeo estaba celebrando 22, cargando con una carrera que creí que nunca iba a acabar, recién descubriendo la libertad y la clandestinidad, con una maleta llena de inseguridad, body shaming y, sí, sueños (otra vez los sueños). Y hace 12 años estaba metiéndome un lineazo de coca en el baño de una disco gay, solo para no pasar de los 30 sin “experimentar” (suficiente para darme cuenta de que no era para mí). Anyways.

Recapitulando, han pasado muchas cosas desde aquella vez, en ese baño:

  1. cumplí sueños que en algún momento creí imposibles;
  2. he conocido muchísimas personas que me han ayudado a crecer como soporte emocional y como desarrollo de personaje, aunque mi mayor antagonista lo veo todos los días en el espejo;
  3. he aprendido a “hacer que las cosas pasen/ocurran/sucedan”, como dice mi mejor amiga… ese es uno de mis dones;
  4. aprendí mi gran lección de vida y mantra personal: “no se puede tener todo en la vida… o sí se puede, pero no todo al mismo tiempo”;
  5. la resiliencia, la dedicación y el amor por hacer lo mejor que puedo se han convertido en mi primera herramienta de supervivencia; entre otras.

42 años y tengo 4 tatuajes, pero creo que para cuando esto esté publicado serán 5. La vida sabrá cuántos más cubrirán mi piel. He aprendido —y abrazo— mi salud mental; he descansado en los brazos de increíbles profesionales que, literalmente, me sacaron de mi crisis de los 40.

He creado este hermoso espacio que habito dentro y fuera de mí, lleno de cosas que amo; un espacio que se abre para las personas que amo y donde hay reciprocidad. Lleno de plantas, colores, luz cálida… y donde además convive mi Serena, aunque para mí su verdadero nombre es Serendipia.

Me convertí en el profesional de la salud que siempre quise ser, aquel que verbalicé por primera vez en esa esquina afuera de un Oxxo, a unas cuadras de mi “cuarto‑casa” en mi paso por la CDMX, donde descubrí que puedo ser feliz donde quiera y como quiera. Y sí, esa felicidad me la traje a El Salvador.

En fin, aprendí a verme al espejo, a amar el paso del tiempo, a trabajar en mi cuerpo no como castigo ni buscando un objetivo normativo, sino buscando sentirme más cómodo detrás de estos ojos achinados, sonrisa coqueta y pancita de oso.

¿Qué viene ahora? Espero que todo lo bueno que la vida me pueda dar… y que, para todo lo difícil, triste o duro que pueda venir, la vida me dé la fortaleza, la resiliencia y el amor propio y de mi comunidad (mis amigues) para poder afrontarlo.

Por más años para acumular más gracias.

No hay comentarios: